El día que llegué a la II Cumbre Continental de Comunicación Indígena me presenté ante la mesa, luego de una serie de charlas acerca de la comunicación indígena. Estaba nerviosa ante la diversidad de rostros y vestimentas. Les dije que esta comunicación debe incluir también a la población mestiza, porque muchos, como yo, apoyaría la causa indígena si la conocieran. También es un deber resarcirles, en la medida de lo posible y siempre que haya interés de su parte, la herencia cultural de la que la violencia histórica los ha despojado. El reto es generar contenidos que provoquen esta curiosidad. No se trata de caer en el puro folclorismo, sino de ser incluyentes, de no jugar al sordo y hablarnos solo a nosotros mismos, que es la crítica que hacemos a la sociedad que controla los medios.

Me encontré con gente de toda América: en particular había muchos colombianos, pero también bolivianos, peruanos, ecuatorianos, argentinos, chilenos, uruguayos, nicaragüenses, hondureños, guatemaltecos y más; por su puesto hubo mexicanos: gente de Puebla, Yucatán, Oaxaca, Distrito Federal, estuvieron presentes también personas de las universidades interculturales de Veracruz, Estado de México y Michoacán. En particular sentí la ausencia de venezolanos y salvadoreños.

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Cada tanto, entre las diversas actividades programadas, conferencias, mesas de debate y talleres, los asistentes (que se en total se calcula fuimos más de 2 mil) pasamos a buscar la comida a un área diseñada para eso. Comimos platos sencillos, sanos y sabrosos en unos trastes de barro que nos regalaron. Recuerdo que sirvieron tamales de frijol, pollo en salsa verde, frutas, sopa de fideos con queso, arroz, quelites; agua de frutas, café o té. Después cada quien lavaba sus platos, esto dio para bromas y fotos entre quienes no están acostumbrados a hacerlo.

De vuelta a las mesas, atestigüé un proceso colectivo que fue como lo imaginaba: complicado y lento. Nos cuesta ponernos de acuerdo, somos lentos para ir al grano. Casi todos abundan en ejemplos y son muy reiterativos. Venía uno a dar muchas vueltas para decir algo, lo seguía otro que daba más vueltas para desdecirlo; así pasamos a otro punto y llegaba uno más a decir lo que ya habían dicho, y así… durante algunas horas. En la sesión se vio a algunos dormitar o conversar con el de al lado, mientras otros se esforzaban por estar atentos o salían a asomarse a otras mesas donde la situación era parecida.

Por la noche bajamos a cenar. Suena música al fondo, algunos beben un poco de mezcal. En la semana hubo para todos los gustos: desde las bandas musicales de Tlahuoltoltepec, pasando por el batsi rock, hasta reggeae. Más tarde subimos a los dormitorios: se dispuso para todos petates, sleepings y a cada uno le regalaron un gabán mixe, tejido en lana con líneas oscuras y claras, con un valor comercial aproximado de 600 pesos mexicanos.

Al despertar había fila en el baño. Aunque se instalaron inodoros de plástico suficientes para todos, las regaderas no bastaban. Me dijeron que en el baño de hombres había cortinas; en el de mujeres tuvimos que enfrentar la desnudez propia y la ajena. “Cosa más rara”, pensé, “vernos en cueros cuando apenas acabamos de conocernos”. Con un poco de valor y gracias al ambiente de confianza, todas pudimos bañarnos.

Cierta mañana en que me cepillaba los dientes, una compañera argentina estaba secándose cerca de mí. Traté de no verla, sin atinar a adivinar si ella me incomodaba a mí o yo a ella. Sin embargo, ella, más confiada, empezó a platicar conmigo mientras se vestía. Hablamos sobre las mujeres indígenas comunicadoras y sus retos, que fue el tema de una mesa.

Luego de compartirle mis impresiones, y una vez que tenía ropa encima, la compañera empezó a contarme que ella había crecido en un ambiente de violencia doméstica: su padre era alcohólico, golpeador, muy estricto, y los aterrorizaba constantemente. Ya mayor, participaba en grupos de mujeres e iba a la universidad, entonces alguien que le vio los golpes constantes en la cara le ofreció ayuda para que salirse de su casa. Una noche en que su padre violentaba a su madre, tomó valor y lo enfrentó. Él la persiguió a través de las calles oscuras del barrio violento en que vivían. Tras esconderse aquí y allá, logró perderlo y volver a casa con tiempo suficiente para sacar sus cosas, que ya tenía preparadas, y llevarse con sigo a su madre y sus hermanos. Cuando el padre volvió estaba solo. Pero entonces sus hermanos empezaron a reclamarle que hubiera roto su familia, y en este punto, mi entrañable amiga lloró un poco. Después se iluminó su rostro cuando me contó que finalmente lograron entender que una vida con tanta violencia no es normal, que su madre encontró un compañero que la quiere y la cuida, y muy especialmente cuando me dijo lo muy orgullosa que estaba de su hermana menor, que es ingeniera agrónoma y una activista que defiende la producción local de los embates del mercado global. Salí de ahí muy impresionada: en la vida real uno no mira desnudos por dentro y por fuera a las personas que acaba de conocer.

Debo decir también que no todo fue de color rosa. En los dormitorios se perdieron, al menos, una cámara, una laptop y un smartphone. Pasados unos días, algunos enfermaron por beber agua de la llave, otros, porque no estaban acostumbrados a la comida, incluso hubo un brote de infecciones en la garganta.

A parte de eso, me alegró encontrar posiciones críticas al interior del movimiento indígena. Obviamente, quienes fuimos no compartimos la idea de que había injerencia por parte del gobierno mexicano ya que el evento se organizó en parte gracias a los recursos que aportó la federación. Toda la propaganda que vi fue un letrero de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas en el tianguis de artesanías que pusieron. Ignoro si alguien del gobierno trató de influir en la organización de la Cumbre; ciertamente no lo hicieron durante su desarrollo.

Más allá de esto, decía, encontré posiciones críticas. Empezó a circular un chiste sobre algunos líderes: que empezaban a parecer cóndores, porque se la pasaban volando de cumbre en cumbre. Hubo quien a quien le pareció que empezaba a configurarse una burocracia indigenista, que buscaba los reflectores y el brillo del discurso antes que tomar acciones para mejorar efectivamente la calidad de vida de quienes representan. Escuché comentarios del tipo: “he trabajado con fulana en otro contexto, y es la primera vez que le veo puesto su traje tradicional”, o “me choca el discurso de hermanar las luchas, ¿por qué están luchando, por tener su smartphone con un plan de Internet para subir fotos a Facebook?” Y es que los presentes caían con facilidad en poses: abusar del “compañeros”, “lucha”, y “todo es culpa del gobierno”, alzar la voz y dar de gritos como para demostrar que soy más crítico que tú.

Sin embargo, no voy diré que fue un evento inútil: conocí a muchas personas que de diariamente se esfuerzan por mantener sus medios comunitarios y ofrecer contenidos de calidad, también a servidores públicos con un genuino interés en el tema. Supe del trabajo de algunos que tienen un canal de televisión, pude contactar a otros que cuentan con amplia experiencia y capacidad técnica en instalación y mantenimiento de equipos radiofónicos, y también vi el esfuerzo de quienes quieren comenzar pero no saben cómo.

Que el tema es complejo queda claro: el contexto es distinto en nuestros países, las leyes son más favorables en unos que en otros, los grados de organización y experiencia varían mucho, hay quienes tienen tele y se desesperan ante el lento avance del resto, mientras otros apenas tratan de poner una radio casi en la clandestinidad.

Alguien me dijo que las posibilidades se abrían por diversos caminos y nos toca descubrir cuál le conviene más a cada uno. La tarea lleva tiempo y paciencia en un mundo cuya vorágine amenaza con tragarnos; no hay que ceder a la tentación de imponer soluciones o recetas, porque éstas no sirven cuando se trata de atender tan vasta diversidad de necesidades.

Lo más importante que aprendí fue que el medio carece de importancia en sí mismo: debe integrarse con la comunidad. Esto quiere decir que la comunidad debe apropiárselo, hacerse responsable de él, aportar contenidos y ayudar a mantenerlo materialmente; el medio no debe convertirse en una mera caja musical con cortes de noticias, sino involucrar a la comunidad para que se reconozca, recuperar la identidad con programas educativos, mejorar la calidad de vida con campañas de salud, desatar procesos organizativos.

Es un gran reto, independientemente de las circunstancias, generar contenido de calidad, incluyente, innovador y descolonizador en su forma y en su fondo; sin tener miedo de usar estrategias comerciales que sí nos sirvan. Requiere compromiso, esfuerzo, capacitación. Por lo pronto se ha acordado crear una red continental para mantenernos al tanto unos de otros y ofrecernos apoyo mutuo.

Lo que más disfruté fue la fiesta de voces y colores. Cuántos matices en la piel, qué diversidad de rasgos, cuántos vistosos tonos en la ropa, ¡y las varias canciones manifiestas en las voces! Me quedo con eso: con la oportunidad de asomarme un poco al mosaico múltiple que es nuestra América.

Fue muy importante corroborar que la Asamblea de Migrantes Indígenas no está sola en esta tarea, que cuesta mucho esfuerzo y en la que a veces parece que nada se avanza. Todavía me emociono al recordar cuando dije ante autoridades y comunicadores de todo el continente que, aunque soy mestiza, participo en una organización indígena en la Ciudad de México, y pude compartir con ellos la inquietud por el tema de la población india migrante y urbana.

Mariel Arroyo.