En nuestra memoria genética, el maíz nos habla…

Por Bernardo Caamal Itzá

Nuestros padres y abuelos nos aconsejan siempre que, antes de que hagamos alguna actividad, es importante que pidamos permiso a los dioses para que ellos intercedan y de ese modo logremos nuestros objetivos.

Sin embargo, hemos reflexionado alguna vez ¿Cual es el significado que tienen éstas ceremonias con nosotros y con nuestra comunidad? y ¿Qué hay en torno a estas prácticas en torno al manejo del monte para obtener los alimentos o por lo menos, la reproducción de los usos y costumbres mayas?

Luego, notamos que en la mayoría de las ceremonias mayas, en todas ellas se usan las bebidas sagradas del balche’ y del  saka; la primera se obtiene al realizar el proceso de fermentación de la corteza de un árbol que lleva el mismo nombre, y la segunda, es producto de un preparado especial al cocer el sagrado maíz (kilich ixi’im) sin usar la cal.

¿Porque a los dioses se les hace este tipo de preparado especial sin que el maíz pase por el proceso de la nixtamalización? Esto implica, los granos son cocidos a fuego lento para que paulatinamente se vayan reventando, luego, es molido, y de ahí se hace el preparado de la bebida sagrada agregándole con miel y por último es expuesta en 13 jícaras en la mesa ceremonial.

El lugar donde serán recepcionados los dioses, se define por su ubicación con dirección por donde sale el sol, los ajmenes o sacerdotes lo adornan de manera simbólica; el altar es acotado por un medio arco, mismo que cubierto con huano o con las hojas del jabín. Mientras que en la parte de en medio de la mesa, emerge la figura de la Cruz; de ésta existe un sin fin de investigaciones que hablan de su simbología, pero en  este caso es que el preside la ceremonia.

“Teen bakáan t’anike’ex… teen bakáan k’ubikte’ex – Soy el que les habla y soy yo es que les hace entrega de…-, de esta forma los sacerdotes mayas le hablan a los dioses para hacer la entrega simbólica de los alimentos.

Al momento en que el sacerdote hace la plegaria, su bo’ol –ayudante-, aviva más el copal e inunda este espacio con este humo sagrado; las energías se hacen presentes, y por momentos en el caso de la ceremonia del Ch’a chaac –traer la lluvia-, la liana conectada a los jícaros que están colgados en la parte superior de la mesa, es movida para que vaya vertiendo su contenido de sakaj asemejando a las lluvias.

Los niños por su parte, hacen el papel de sapos –como los animales sagrados y que están relacionadas a las lluvias-, y los jóvenes con sus calabazos llenos de agua, montados en sus respectivos caballos de madera van corriendo en los campos de cultivo, vertiendo agua en cada una de las matas del kilich ixi’im, y los señores de avanzada edad, por momentos suenan algunas laminas para asemejar a los truenos que anuncian las lluvias.

En estos instantes, quienes participan en esta ceremonia, saben que la divinidad está resente en este sitio sagrado y todos cumplen con el rool asignado, y en relación a la sincronía en que cada uno participa, muestran como los dioses le dan vida al kilich ixi’im, para que éste germine y genere esperanzas para sus hijos.

Momentos de unión y de esperanza, tal como han sido en los últimos 7 encuentros realizados en torno a la feria de las semillas nativas, porque en todas ellas se han realizado la ceremonia del sakaj, y en esta ocasión concluye en la comunidad de Sisbic (Tixméhuac).

Los campesinos participantes tienen claro el significado de su ixi’im y saben que en cada uno de sus granos está presente el pixaan de los antepasados, por tanto, no es cualquier ixi’im, sino es la semilla adaptada de acuerdo al clima y de los suelos pedregosos que abundan por éstos lugares, y con su producción, nos recuerda que aún tenemos memoria genética, a su vez tal como sucedió la semana pasada al visitar el centro ceremonial de Chichen Itzá, la emoción nos invadió a todos, porque gracias al maíz, los ancestros llegaron a un desarrollo cultural que permitió construir estos lugares, de esa forma el ixi’im nos habló de nuevo y nos recordó que ante Yum K’íin –padre sol-, tenemos futuro, siempre y cuando maak chaiík  u’ pée’achatal k tukul – no dejemos que nos “pisoteen” nuestra forma de concebir el mundo-.

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